ira como si hubiera sido una criada mía—. ¿Sabes de quién es este perro? —No, señorita, eso desde luego que no. —Se inclinó, miró el costado lesionado del spaniel, se iluminó de pronto con el destello de una nueva idea y, señalando la herida con una risita de satisfacción, dijo—: Eso es cosa de Baxter, eso es. Estaba tan exasperada que le habría dado una bofetada. —¿Baxter? —dije—. ¿Quién es esa bestia a la que llamas Baxter? La muchacha volvió a sonreír con más alborozo que antes. —¡Válgame Dios, señorita! Baxter es el guardabosque, y cuando encuentra perros extraños merodeando por ahí, va y les pega un tiro. Es su deber de guardabosque, señorita. Me da que ese perro se va a morir. Aquí es donde le han dado el tiro, ¿verdad? Eso es cosa de Baxter, eso es. Cosa de Baxter, señorita, y deber de Baxter. Estuve a punto de desear maliciosamente que Baxter le hubiera pegado un tiro a la criada en lugar de al perro. Al ver que era totalmente inútil esperar que aquella persona de impenetrable espesura me ayudara a socorrer a la criatura doliente que teníamos a los pies, le pedí que le rogara al ama de llaves que acudiera de mi parte. Salió exactamente igual que había entrado, con una sonrisa de oreja a oreja. Mientras se cerraba la puerta tras ella, se dijo en voz baja: «Es cosa de Baxter y deber de Baxter, eso es lo que es». El ama de llaves, una persona con cierta educación e inteligencia, subió discretamente con algo de leche y agua tibia. En cuanto vio
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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