un poco. El día después de ese, su señoría la condesa, sin mencionar el motivo de su viaje a nadie que yo oyera, se fue en el tren de la mañana a Londres—su noble esposo, con su habitual atención, acompañándola a la estación.
Me quedaba ahora al cuidado exclusivo de la señorita Halcombe, con todas las probabilidades aparentes, a consecuencia de la resolución de su hermana de no apartarse de la cabecera de la cama, de tener que enfermar también a lady Glyde a continuación.
La única circunstancia de alguna importancia que ocurrió en el transcurso del día fue el acaecimiento de otro desagradable encuentro entre el doctor y el conde.
Su señoría, al volver de la estación, subió a la salita de la señorita Halcombe para interesarse por su estado. Yo salí del dormitorio para hablar con él, ya que el señor