caseta—. ¡Ah, mi bonito chaleco!—exclamó lastimero—: Siento haber venido aquí. Parte de la baba de ese bruto ha caído en mi bonito chaleco limpio». Esas palabras expresan otra de sus incomprensibles excentricidades. Le chifla la buena ropa como al más tonto de los vivientes, y ya ha aparecido con cuatro chalecos magníficos—todos de colores claros y chillones, y todos inmensamente grandes incluso para él—en los dos días que lleva instalado en Blackwater Park. > > Su tacto y su habilidad en las pequeñas cosas resultan tan patentes como las singulares contradicciones de su carácter y la infantil trivialidad de sus gustos y ocupaciones ordinarias. > > Ya puedo advertir que pretende vivir en excelentes términos con todos nosotros durante el período de su estancia en este lugar. Es evidente que ha descubierto que a Laura le disgusta en secreto (me lo confesó cuando le insistí sobre el tema)—, pero también ha averiguado que a ella le apasionan las flores. Cada vez que quiere un ramillete, él se lo consigue, cortado y dispuesto por él mismo, y para gran diversión mía, va siempre provisto astutamente de un duplicado, compuesto exactamente por las mismas flores y agrupado de la misma manera, para aplacar a su gélidamente celosa esposa antes de que esta pueda llegar a considerarse agraviada. Su manejo de la condesa (en público) es digno de verse. Le hace reverencias, se dirige a ella habitualmente como «mi ángel», lleva a sus canarios a hacerle pequeñas visitas en los dedos para que le canten, le besa la mano cuando ella le entrega los cigarrillos; le regala a cambio caramelos que le
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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