Me volví de puntillas, dejando a la señora enferma aún plácidamente dormida, para darle instrucciones al jardinero sobre la necesidad de traer al médico. Le rogué al hombre que, después de llevar a la señora Rubelle a la estación, pasara por la consulta del señor Dawson y dejara un recado de mi parte, pidiéndole que viniera a verme. Sabía que vendría por mí, y sabía que se quedaría cuando descubriera que el conde Fosco se había marchado de la casa.
A su debido tiempo regresó el jardinero, y dijo que había pasado por la residencia del señor Dawson después de dejar a la señora Rubelle en la estación. El doctor me mandó decir que él mismo no se encontraba bien de salud, pero que pasaría a verme, de ser posible, a la mañana siguiente.
Habiendo entregado su recado, el jardinero se disponía a retirarse, pero lo detuve para pedirle que volviera antes del anochecer y se quedara despierto esa noche en uno de los dormitorios vacíos, para estar a mi llamado en caso de que lo necesitara.
Comprendió con bastante facilidad mi poca disposición a quedarme sola toda la noche en la parte más desolada de aquella casa desolada, y acordamos que vendría entre las ocho y las nueve.
Llegó puntualmente, y tuve motivos para alegrarme de haber tomado la precaución de llamarlo. Antes de la medianoche, el extraño carácter de Sir Percival estalló de la manera más violenta y alarmante, y si el jardinero no hubiera estado allí para calmarlo al instante, me da miedo pensar lo que podría haber sucedido.
Casi toda la tarde y la noche había estado deambulando por la casa y los jardines de un modo inestable y excitable, habiendo tomado, con toda probabilidad, según pensé, una cantidad excesiva de vino en su solitaria cena. Fuere como fuere, oí su voz que llamaba en voz alta y enfadada en el ala nueva de la casa, mientras yo daba un paseo de un lado a otro por la