para la enfermería. Creo que puedo ser el medio de ofrecerles esa ayuda. Han surgido circunstancias que obligarán a Madame Fosco a viajar a Londres mañana o pasado mañana. Se irá por la mañana y regresará por la noche, y traerá consigo, para relevarla a usted, a una enfermera de excelente conducta y capacidad, que actualmente está libre. Mi esposa sabe que es una persona digna de confianza. Antes de que venga aquí, no le diga nada de ella, por favor, al doctor, porque mirará con malos ojos a cualquier enfermera proporcionada por mí. Cuando aparezca en esta casa hablará por sí misma, y el Sr. Dawson se verá obligado a reconocer que no hay excusa para no contratarla. Lady Glyde dirá lo mismo. Ruego que presente mis mayores respetos y simpatías a Lady Glyde.
Expresé mis más sinceros agradecimientos por la amable consideración de su señoría. Sir Percival los interrumpió llamando a su noble amigo (empleando, lamento decirlo, una expresión profana) para que entrara en la biblioteca y no lo tuviera esperando allí ni un minuto más.
Subí al piso de arriba. Somos pobres criaturas descarriadas y, por muy firmemente establecidos que estén los principios de una mujer, no siempre puede mantenerse en guardia contra la tentación de dar rienda suelta a una curiosidad ociosa. Me avergüenza decir que una curiosidad ociosa, en esta ocasión, pudo más que mis principios y me hizo sentir una curiosidad indebida acerca de la pregunta que sir Percival le había dirigido a su noble amigo en la puerta de la biblioteca. ¿A quién esperaba encontrar el conde en el transcurso de sus estudiosos paseos matutinos por Blackwater Park? Una mujer, era de suponer, a juzgar por los términos de la pregunta de sir Percival. No sospechaba ninguna incorrección por parte del conde; conocía demasiado bien su catadura moral. La única pregunta que me hice fue: ¿la había encontrado?
Para resumir. La noche pasó como de costumbre sin producir ningún cambio a mejor en la señorita Halcombe. Al día siguiente pareció mejorar