invitados están en el segundo piso, y todas las salas de estar se encuentran en la planta baja. Todavía no he visto ninguna y no sé nada de la casa, excepto que se dice que un ala de ella tiene quinientos años, que una vez estuvo rodeada por un foso y que debe su nombre de Blackwater a un lago en el parque. > > Acaban de dar las once de manera fantasmal y solemne desde una torrecilla sobre el centro de la casa, que vi al entrar. Un perro grande se ha despertado, Aparentemente por el sonido de la campana, y aúlla y bosteza lúgubremente en algún lugar a la vuelta de una esquina. Oigo pasos que resuenan en los pasillos de abajo y el golpe metálico de los cerrojos y pestillos en la puerta de la casa. Los criados se van a la cama, evidentemente. ¿Deberé seguir su ejemplo? > > No, no tengo ni la mitad de sueño. ¿Sueño, he dicho? Siento como si no fuera a cerrar los ojos nunca más. La mera perspectiva de ver ese querido rostro y escuchar esa voz tan conocida mañana me mantiene en un perpetuo estado de fiebre y emoción. Si al menos tuviera los privilegios de un hombre, ordenaría ensillar inmediatamente el mejor caballo de Sir Percival y saldría disparada en una galopada nocturna hacia el este, para salir al encuentro del sol naciente: un galope largo, duro, intenso e incesante de horas y horas, como el de aquel famoso bandolero en su carrera a York. Como no soy, sin embargo, más que una mujer, condenada de por
Table of Contents
I. Blackwater Park, Hampshire.
324