la visita del abogado, comprobamos que mi recuerdo de las dos alternativas presentadas era rigurosamente correcto. Fue un alivio casi tan grande para mi mente como para la de Laura comprobar que mi memoria me había servido en esta ocasión tan fielmente como de costumbre. En la peligrosa incertidumbre de nuestra situación actual, es difícil decir de qué futuros intereses puede depender la regularidad de las anotaciones en mi diario y la fiabilidad de mi recuerdo en el momento en que las redacto. El rostro y los modales de Laura me sugirieron que esta última consideración se le había ocurrido a ella tanto como a mí. De cualquier modo, es solo un asunto trivial y casi me avergüenza ponerlo aquí por escrito: parece situar el desamparo de nuestra situación en una luz tan miserablemente vívida. ¡Debemos de tener muy poco de lo que depender cuando el descubrimiento de que aún puede confiarse en que mi memoria nos sirva es saludado como si fuera el hallazgo de un nuevo amigo! La primera campana para la cena nos separó. Justo cuando terminaba de sonar, Sir Percival y el conde regresaron de su paseo. Oímos al dueño de la casa vociferar a los sirvientes por llegar cinco minutos tarde, y al invitado de este interponerse, como de costumbre, en aras de la decencia, la paciencia y la paz. La tarde ha venido y se ha ido. No ha ocurrido ningún acontecimiento extraordinario. Pero he notado ciertas peculiaridades en la conducta de Sir Percival y del conde que me han enviado a la cama sintiéndome muy ansiosa e inquieta respecto a Anne Catherick,
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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