En el piso superior vivo yo, con una habitación para trabajar y otra para dormir. En el piso inferior, bajo el mismo nombre falso, viven dos mujeres a quienes se tiene por mis hermanas. Me gano el pan dibujando y grabando en madera para revistas baratas. Se supone que mis hermanas me ayudan haciendo algo de costura. Nuestra pobre morada, nuestra humilde vocación, nuestra supuesta relación y nuestro nombre falso sirven por igual para ocultarnos en el bosque de casas de Londres. Ya no contamos entre las personas cuyas vidas son públicas y conocidas. Soy un hombre oscuro e inadvertido, sin mecenas ni amigos que me ayuden. Marian Halcombe ya no es más que mi hermana mayor, quien provee a las necesidades de nuestro hogar con el esfuerzo de sus propias manos. Nosotros dos, a los ojos de los demás, somos a la vez los incautos y los agentes de una intrépida impostura. Se supone que somos cómplices de la desquiciada Anne Catherick, quien reclama el nombre, el lugar y la personalidad viva de la difunta Lady Glyde.
Esa es nuestra situación. Ese es el aspecto cambiado bajo el cual nosotros tres debemos comparecer, de ahora en adelante, en esta narración, durante muchísima página venidera.
Ante los ojos de la razón y de la ley, en la consideración de los parientes y de los amigos, según toda fórmula aceptada de la sociedad civilizada, «Laura, Lady Glyde», yacía enterrada junto a su madre en el cementerio de Limmeridge. Arrancada en vida de la lista de los vivos, la hija de Philip Fairlie y la esposa de Percival Glyde aún podía existir para su hermana, aún podía