señorita Halcombe con indudable esmero y discreción. La pobre señora oscilaba entre una especie de sopor letárgico, que era mitad debilidad y mitad somnolencia, y ataques de fiebre que venían acompañados de mayor o menor desvarío mental. La señora Rubelle jamás la perturbaba en el primer caso, ni la asustaba en el segundo apareciéndose de improviso junto a la cama con actitud de perfecta extraña. Al César lo que es del César (ya sea extranjero o inglés), y le concedo a la señora Rubelle su mérito sin parcialidades. Era sumamente hermética respecto a su vida privada y mostraba una independencia demasiado silenciosa ante los consejos de personas expertas que entendían de los deberes propios de una habitación de enfermo; pero, a pesar de estos inconvenientes, era una buena enfermera y nunca le dio a Lady Glyde ni al señor Dawson el menor motivo para quejarse de ella.
La siguiente circunstancia de importancia que ocurrió en la casa fue la ausencia temporal del Conde, ocasionada por asuntos que lo llevaron a Londres. Se marchó (creo) en la mañana del cuarto día después de la llegada de la señora Rubelle y, al despedirse, le habló a Lady Glyde con mucha seriedad, en mi presencia, sobre el asunto de la señorita Halcombe.
—Confíe en el señor Dawson —dijo—, por unos días más, se lo ruego. Pero si no hay alguna mejoría en ese tiempo, mande a buscar consejo a Londres, el cual este médico tozudo tendrá que aceptar a pesar suyo. Ofenda al señor Dawson y salve a la señorita Halcombe. Digo esto en serio, bajo mi palabra de honor y desde el fondo de mi corazón.
Su señoría habló con extrema emoción y amabilidad. Pero los nervios de la pobre Lady Glyde estaban tan completamente destrozados que parecía bastante asustada de él. Temblaba de pies a cabeza y le permitió despedirse sin pronunciar una sola palabra por su parte. Se volvió hacia mí cuando él se hubo marchado y dijo: «¡Oh, señora Michelson, estoy destrozada por mi hermana y no tengo a ningún amigo