médico en el preciso instante en que sintiera cruzar por su propia mente tan solo la sombra de una duda.
La única persona entre nosotros que no parecía sentirse aliviada por estas palabras era la condesa.
Me dijo en privado que no podía quedarse tranquila respecto a la señorita Halcombe basándose en la autoridad del señor Dawson, y que esperaría con ansiedad la opinión de su marido a su regreso.
Ese regreso, según le informaban las cartas de este, tendría lugar dentro de tres días.
El conde y la condesa se escribían regularmente todas las mañanas durante la ausencia de su señoría. Eran en ese aspecto, como en todos los demás, un modelo para las personas casadas.
En la noche del tercer día noté un cambio en la señorita Halcombe, que me causó una profunda inquietud. La señora Rubelle también lo notó. No dijimos nada al respecto a lady Glyde, quien en ese momento yacía dormida, completamente rendida por el agotamiento, en el sofá de la sala de estar.