Lo medité un minuto. Mi primera necesidad era asegurar una prueba fehaciente por escrito del descubrimiento que acababa de hacer y, en el caso de que me ocurriera alguna desgracia personal, poner dicha prueba fuera del alcance de sir Percival. La copia del registro estaría a buen recaudo en la caja fuerte del señor Wansborough. Pero la situación del original en la sacristía era, como había visto con mis propios ojos, de todo menos segura.
En esta emergencia resolví volver a la iglesia, acudir de nuevo al empleado y sacar el extracto necesario del registro antes de acostarme esa noche.
No sabía entonces que era necesaria una copia certificada legalmente, y que ningún documento redactado meramente por mí podía reclamar la importancia adecuada como prueba. No sabía esto, y mi determinación de mantener en secreto mis actuaciones actuales me impidió hacer cualquier pregunta que pudiera haberme procurado la información necesaria. Mi única preocupación era el afán por regresar a Old Welmingham.
Puse las mejores excusas que pude por la alteración en mi rostro y en mis modales que el señor Wansborough ya había notado, dejé la tasa correspondiente sobre su mesa, acordé escribirle en uno o dos días y salí de la oficina con la cabeza hecha un torbellino y la sangre latiéndome en las venas a temperatura febril.
Empezaba a oscurecer. Se me ocurrió la idea de que tal vez me seguían de nuevo y me atacarían en el camino real.
Mi bastón era ligero, de poca o ninguna utilidad para la defensa. Me detuve antes de salir de Knowlesbury y compré una robusta cachiporra campestre, corta y pesada en el extremo. Con esta arma casera, si un solo hombre intentaba detenerme, me bastaría para enfrentarlo. Si me atacaba más de uno, podía confiar en mis talones.