Su tono alterado —la forma abrupta en que apartó la mirada de mí y escondió su rostro en mi hombro—, la vacilación que la silenció antes de haber completado su pregunta, todo me indicó, con demasiada claridad, a quién apuntaba su medio expresada indagación. «Pensé, Laura, que tú y yo no íbamos a volver a referir nunca más a él», dije con suavidad. «¿Tuviste una carta suya?», insistió. «Sí», respondí, «ya que tienes que saberlo». «¿Tienes intención de volver a escribirle?». Vacilé. Había tenido miedo de hablarle de su ausencia de Inglaterra, o de la manera en que mis esfuerzos por servir a sus nuevas esperanzas y proyectos me habían vinculado con su marcha. ¿Qué respuesta podía darle? Se había marchado a un lugar donde ninguna carta podría alcanzarle en meses, tal vez en años. «Supongamos que tengo la intención de volver a escribirle», dije al fin. «¿Y qué, Laura?». Su mejilla ardía contra mi cuello, y sus brazos temblaron y se apretaron a mi alrededor. «No le hables del veintidós», susurró. «Proméreme, Marian, te suplico que prometas que ni siquiera mencionarás mi nombre cuando le escribas la próxima vez». Hice la promesa. No hay palabras que expresen cuán tristemente la hice. Ella apartó al instante el brazo de su cintura, se encaminó hacia la ventana y se quedó contemplando el exterior dándome la espalda. Al cabo de un momento volvió a hablar, pero sin volverse, sin permitirme captar el más mínimo atisbo de su rostro.
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La continuación de la historia por Marian Halcombe, en extractos de su diario
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