al grupo. No había lugar a equívoco en sus modales, ni aunque hubiera sido posible equivocarse ante la insólita disposición que expresaban sus palabras de someter sus propios planes y proyectos a la comodidad de los demás. Al parecer, se sintió aliviado al encontrar cualquier excusa para retrasar el trámite de negocios en la biblioteca, al que sus propias palabras habían hecho referencia. Mi corazón se encogió al sacar la inevitable deducción. El conde y su esposa se nos unieron en ese momento. La señora llevaba el estuche de tabaco bordado de su marido y su provisión de papel en la mano para la fabricación de los eternos cigarrillos. El caballero, vestido, como de costumbre, con su blusa y su sombrero de paja, llevaba la alegre jaulita en forma de pagoda con sus queridos ratones blancos dentro, y les sonreía a ellos y a nosotros con una suave amabilidad a la que era imposible resistirse. —Con su amable permiso —dijo el conde—, sacaré a pasear a mi pequeña familia —mis pobrecitos, inofensivos y bonitos ratoncitos— junto con nosotros. Hay perros por la casa, ¿y voy a dejar a mis desamparados hijos blancos a merced de los perros? ¡Ah, jamás! Les dirigió un arrullo paternal a sus pequeños hijos blancos a través de los barrotes de la pagoda, y todos salimos de la casa hacia el lago. En la plantación, Sir Percival se alejó de nosotros. Parece ser parte de su temperamento inquieto separarse siempre de sus compañeros en estas ocasiones, y dedicarse siempre, cuando está solo, a cortar nuevos bastones para su uso personal. El mero acto de
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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