—Perdóname si te he herido y escandalizado sin intención —repliqué—. Recuerda la cruel ofensa que mi mujer ha sufrido a manos del conde Fosco. Recuerda que dicha ofensa jamás podrá ser reparada a menos que esté en mi poder obligarle a hacerle justicia. Hablé velando por sus intereses, Pesca; te pido de nuevo que me perdones; no puedo decir más.
Me levanté para irme. Me detuvo antes de que llegara a la puerta.
—Espera —dijo—. Me has sacudido de pies a cabeza. No sabes cómo dejé mi país, ni por qué lo dejé. Déjame calmarme, déjame pensar, si puedo.
Regresé a mi silla. Él andaba de un lado a otro de la habitación, hablando solo de manera incoherente en su propia lengua. Tras dar varias vueltas de un lado para otro, de repente se me acercó y apoyó sus manitas con una extraña ternura y solemnidad sobre mi pecho.
—Por tu corazón y por tu alma, Walter —dijo—, ¿no hay otra forma de llegar a ese hombre que no sea pasando obligatoriamente por mí?
—No hay otro modo —respondí.
Me dejó de nuevo, abrió la puerta de la habitación y miró con cautela hacia el pasillo, la cerró una vez más y volvió.
—Te ganaste el derecho sobre mí, Walter —dijo—, el día en que salvaste mi vida. Fue tuya desde ese momento, cuando quisiste tomarla. Tómala ahora. ¡Sí! Hablo en serio. Mis siguientes palabras, tan cierto como que el Dios bueno está sobre nosotros, pondrán mi vida en tus manos.
La temblorosa seriedad con la que pronunció esta extraordinaria advertencia me transmitió, a mi entender, la convicción de que decía la verdad.
«¡Ten esto presente! —continuó, agitándose las manos con la vehemencia de su zozobra—. No encuentro ningún hilo, en mi propia