de él había presenciado la agresión y, para gran sorpresa mía, el demandante reconoció la presencia del jornalero en el campo. Sin embargo, las siguientes palabras del magistrado me aclararon el motivo de tal reconocimiento. Me aplazó de inmediato para la presentación del testigo, manifestando al mismo tiempo su disposición a aceptar una fianza para mi comparecencia si podía presentar un fiador responsable que la ofreciera. Si me hubieran conocido en el pueblo, me habría puesto en libertad bajo palabra, pero como yo era un perfecto desconocido, era necesario que encontrara una fianza responsable.
Todo el objetivo de la estratagema se me reveló ahora. Se había urdido de tal modo que fuera necesario un aplazamiento en un pueblo donde yo era un completo desconocido, y donde no podía esperar obtener la libertad bajo fianza.
El aplazamiento se extendía únicamente por tres días, hasta la próxima sesión del magistrado. Pero en ese tiempo, mientras yo estuviera recluido, sir Percival podría emplear los medios que le vinieran en gana para obstaculizar mis futuros procedimientos —tal vez para librarse por completo de ser descubierto— sin el menor temor a que yo le pusiera trabas.
Al cabo de los tres días, la acusación sería retirada sin duda, y la comparecencia del testigo resultaría totalmente inútil.
Mi indignación, casi podría decir que mi desesperación ante este malicioso freno a cualquier futuro progreso —tan bajo e insignificante en sí mismo, y sin embargo tan desalentador y grave en sus probables resultados— me incapacitó por completo al principio para reflexionar sobre los mejores medios de salir del aprieto en el que ahora me encontraba. Tuve la insensatez de pedir recados de escribir y de pensar en comunicar en privado mi verdadera situación al magistrado. La desesperanza y la