Ya me figuraba yo cómo acabaría esto. ¡Mire, señorita Halcombe, a la pobrecita criatura se le han acabado por fin los sufrimientos! El perro había muerto. Había emitido un quejido débil y sofocado, había sufrido una convulsión instantánea en las patas, justo en el momento en que esas últimas palabras —«agraciada, sana y joven»— salían de los labios del ama de llaves. El cambio se había producido con una rapidez pasmosa: en un segundo el animal yacía sin vida bajo nuestras manos. Las ocho. Acabo de regresar de cenar abajo, en solitaria majestad. La puesta de sol tiñe de un rojo encendido el mar de árboles que veo desde mi ventana, y repaso una vez más mi diario para calmar mi impaciencia por el regreso de los viajeros. De acuerdo con mis cálculos, ya deberían haber llegado. ¡Qué silenciosa y solitaria está la casa en la soporífera quietud del atardecer! ¡Ay de mí! ¿Cuántos minutos faltarán todavía para que oiga las ruedas del carruaje y corra escaleras abajo a refugiarme en los brazos de Laura? ¡El pobrecito perro! Ojalá mi primer día en Blackwater Park no se hubiera visto asociado a la muerte, aunque solo se trate de la muerte de un animal callejero. Welmingham... Veo, al repasar estas páginas mías tan privadas, que Welmingham es el nombre del lugar donde vive la señora Catherick. Aún conservo su nota, la nota de respuesta a aquella carta sobre su desdichada hija que sir Percival me obligó a escribir. Un día de estos, cuando encuentre una ocasión propicia, me llevaré la nota a modo de presentación e intentaré sacarle algo en
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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