Dormí, por expreso deseo de Lady Glyde, en la habitación contigua a la suya, con la puerta entreabierta. Había algo tan extraño y espantoso en la soledad y el vacío de la casa que yo me alegré, por mi parte, de tener a una compañera cerca. Su señoría se quedó levantada hasta tarde, leyendo cartas y quemándolas, y vaciando sus cajones y armarios de las pequeñas cosas que valoraba, como si jamás esperara regresar a Blackwater Park. Su sueño se vio tristemente perturbado cuando por fin se acostó; sollozó en voz alta varias veces, una de ellas tan fuerte que se despertó a sí misma. Cualesquiera que fuesen sus sueños, no creyó conveniente comunicármelos. Tal vez, en mi situación, no tenía derecho a esperar que lo hiciera. Ahora poco importa. Lo sentía por ella, la verdad es que lo sentía de todo corazón por ella a pesar de todo.
Al día siguiente hizo un tiempo magnífico y soleado. Sir Percival subió, después de desayunar, a decirnos que el carruaje estaría en la puerta a las doce menos cuarto —el tren con destino a Londres paraba en nuestra estación a y veinte—.
Le informó a Lady Glyde de que tenía que salir, pero añadió que esperaba estar de vuelta antes de que ella se marchara. Si algún imprevisto lo retrasaba, yo debía acompañarla a la estación y vigilar especialmente que llegara a tiempo para tomar el tren.
Sir Percival comunicó estas instrucciones con mucha prisa, yendo y viniendo por la habitación todo el tiempo. Su señoría lo siguió atentamente con la mirada por dondequiera que iba. Él no la miró ni una sola vez a cambio.
Ella solo habló cuando él hubo terminado, y entonces lo detuvo al acercarse a la puerta, tendiéndole la mano.
“No volveré a verle”, dijo ella, de un modo muy marcado. > “Esta es nuestra despedida—nuestra despedida, tal vez para siempre. ¿Intentará perdonarme, Percival, tan