Caminé a paso ligero hacia la estación.
Había un destello de esperanza en mí. Crecía en mi mente la convicción de que mi viaje esta vez no sería en vano.
Era una mañana hermosa, despejada y fría. Mis nervios estaban tensos con firmeza, y sentía toda la fuerza de mi resolución agitarse con vigor en mí de la cabeza a los pies.
Al cruzar el andén de la estación y mirar a derecha e izquierda entre la gente allí congregada en busca de algún rostro conocido, se me ocurrió la duda de si no me habría sido más ventajoso adoptar un disfraz antes de partir hacia Hampshire. Pero había algo tan repulsivo para mí en esa idea —algo tan vilmente parecido al común de los espías y delatores en el mero acto de adoptar un disfraz— que desestimé la cuestión casi tan pronto como brotó en mi mente. Incluso como mera cuestión de conveniencia, el procedimiento era de todo punto dudoso. Si probaba el experimento en mi casa, el casero terminaría por descubrirme tarde o temprano, y se le despertarían las sospechas de inmediato. Si lo probaba fuera de casa, las mismas personas podrían verme, por el más común de los accidentes, con el disfraz y sin él, y de ese modo estaría invitando a la atención y a la desconfianza que era de mi mayor interés evitar. Con mi propia identidad había actuado hasta entonces, y con mi propia identidad estaba resuelto a continuar hasta el final.
El tren me dejó en Welmingham a primera hora de la tarde.
¿Hay algún desierto de arena en los eriales de Arabia, hay alguna perspectiva de desolación entre las ruinas de Palestina que pueda competir con el efecto repulsivo para la vista y la influencia deprimente para el espíritu de una ciudad de provincias inglesa en la primera etapa de su existencia y en el estado de transición de su prosperidad? Me hice esa pregunta mientras atravesaba la desolación limpia, la pul Sra fealdad, el torpor remilgado de las calles de Welmingham.