consecuencias que entrañaba su propuesta extremadamente desconsiderada eran de una naturaleza tal que me hacían vacilar. Si abría Limmeridge House como asilo para Lady Glyde, ¿qué seguridad tenía de que Sir Percival Glyde no la siguiera hasta aquí en un estado de violenta indignación contra mí por albergar a su esposa? Vi un laberinto de problemas tan perfecto en este procedimiento que decidí tantear el terreno, por así decirlo. Escribí, por lo tanto, a la querida Marian para suplicarle (ya que no tenía esposo que reclamara derechos sobre ella) que viniera aquí sola, primero, y hablara del asunto conmigo. Si lograba responder a mis objeciones a mi entera satisfacción, entonces le aseguré que recibiría a nuestra dulce Laura con el mayor de los gustos, pero no de otro modo.
Sentí, por supuesto, en aquel momento, que esta táctica dilatoria por mi parte probablemente terminaría trayendo a Marian aquí en un estado de indignación virtuosa, dando portazos. Pero, por otra parte, el otro procedimiento podría terminar trayendo a Sir Percival aquí en un estado de indignación virtuosa, dando portazos también, y de ambas indignaciones y portazos prefería el de Marian, porque estaba acostumbrada a ella.
En consecuencia, despaché la carta por el correo de vuelta. Al menos me ganó tiempo y, ¡vaya por Dios!, ¡qué gran punto era ese para empezar!
Cuando estoy totalmente postrado (¿mencioné que estaba totalmente postrado por la carta de Marian?), siempre me toma tres días volver a levantarme.
Fui muy poco razonable; esperaba tres días de tranquilidad. Por supuesto que no los tuve.
El correo del tercer día me trajo una carta de lo más impertinente procedente de una persona a la que yo no conocía de nada. Se presentaba