sir Percival y el señor Fairlie, de manera más clara y firme de lo que ella misma podía hacerlo con cualquiera de los dos, acerca de este lamentable matrimonio. Me interrumpió, con suavidad pero con firmeza, en medio de mis amonestaciones. > > «Dejé que ayer decidiera —dijo—, y ayer ha decidido. Es demasiado tarde para echarse atrás». > > Sir Percival me habló esta tarde sobre lo ocurrido en la habitación de Laura. Me aseguró que la confianza sin parangón que ella había depositado en él había despertado en su mente una convicción recíproca de la inocencia e integridad de la joven, hasta el punto de estar libre de culpa por no haber sentido ni por un solo momento un celo indigno, ni en el momento en que estuvo en su presencia, ni después, cuando se hubo retirado de ella. Por mucho que lamentaba el desafortunado afecto que había obstaculizado el avance que de otro modo habría podido lograr en su estima y aprecio, creía firmemente que este había permanecido oculto en el pasado y que permanecería así, ante cualquier cambio de circunstancias que fuera posible prever, en el futuro. Esta era su absoluta convicción; y la prueba más firme que podía dar de ello era la seguridad, que ahora me ofrecía, de no sentir curiosidad por saber si el afecto era de fecha reciente o no, ni quién había sido el objeto del mismo. Su confianza implícita en la señorita Fairlie lo hacía sentirse satisfecho con lo que ella había creído conveniente decirle, y era sinceramente inocente de la más mínima sensación de ansiedad por escuchar más. > > Esperó después de decir esas palabras y me miró. Era tan consciente
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La continuación de la historia por Marian Halcombe, en extractos de su diario
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