El efecto de la pregunta fue fulminante. Al fondo, en el extremo inferior de la sala, uno de los inquilinos más antiguos de la propiedad se puso en pie de un salto e impulsó al resto en un instante. Aún veo al hombre, con su honrado rostro moreno y su cabello gris acero, subido al asiento de la ventana, agitando su pesada fusta sobre la cabeza y encabezando los vítores.
«¡Ahí está, viva y sana —¡que Dios la bendiga! ¡A dar voces, muchachos! ¡A dar voces!».
El grito que le respondió, repetido una y otra vez, fue la música más dulce que jamás he escuchado. Los jornaleros del pueblo y los muchachos de la escuela, reunidos en el césped, retomaron los vítores y nos los devolvieron en un eco.
Las mujeres de los granjeros se agruparon en torno a Laura y compitieron por ser las primeras en estrecharle la mano y en suplicarle, con las lágrimas surcando sus propias mejillas, que resistiera con valentía y no llorara. Estaba tan abrumada que me vi obligado a apartarla de ellas y a llevarla hasta la puerta. Allí la puse al cuidado de Marian; Marian, que nunca nos había fallado hasta entonces, cuyo valiente autocontrol no nos falló ahora.
Solo en la puerta, invité a todos los presentes (tras agradecerles en el nombre de Laura y en el mío) a que me siguieran al cementerio y vieran con sus propios ojos cómo se borraba la inscripción falsa de la lápida.
Todos salieron de la casa y se unieron a la muchedumbre de aldeanos reunida alrededor de la tumba, donde el ayudante del marmolista nos esperaba. En un silencio contenido, el primer golpe seco del cincel resonó sobre el mármol. No se oyó una sola voz—ninguna alma se movió, hasta que esas tres palabras, «Laura, Lady Glyde», desaparecieron de la vista.