Realmente no sé cuándo me he divertido tanto. Los dejé en el fondo del abismo mientras me divirtieron. Cuando dejaron de divertirme, ejercí mi inteligencia y los saqué de
Huelga decir que mi intervención me permitió, a su debido tiempo, averiguar el sentido de las observaciones de la joven.
Descubrí que estaba preocupada, porque el curso de los acontecimientos que acababa de relatarme le había impedido recibir aquellos mensajes suplementarios que la señorita Halcombe había confiado a la condesa para que se los entregara.
Temía que los mensajes pudieran ser de gran importancia para los intereses de su ama. Su temor a sir Percival le había impedido ir a Blackwater Park a altas horas de la noche para preguntar por ellos, y las propias instrucciones que la señorita Halcombe le había dado de no perder por nada del mundo el tren de la mañana le habían impedido esperar en la posada al día siguiente.
Estaba sumamente angustiada de que la desgracia de su desmayo no condujera a la segunda desgracia de hacer que su ama la creyera negligente, y me suplicaba que le aconsejara si debía escribir sus explicaciones y excusas a la señorita Halcombe, pidiéndole que le enviara los mensajes por carta, si no era demasiado tarde.
No pido disculpas por este párrafo extremadamente insulso. Se me ha ordenado escribirlo. Hay personas, por inexplicable que parezca, que en realidad se interesan más por lo que la doncella de mi sobrina me dijo en esta ocasión que por lo que yo le dije a la doncella de mi sobrina. ¡Divertida perversidad!
—Le agradecería muchísimo, señor, que tuviera la amabilidad de decirme qué me aconseja hacer —observó la joven persona.