(a cualquier precio) de la torpe violencia de Sir Percival han sido los medios de los que se ha valido resuelta e impenetrablemente para alcanzar su fin desde que puso el pie en esta casa. Lo sospeché cuando intervino por primera vez en nuestro favor, el día en que se presentó la escritura en la biblioteca, y estoy segura de ello ahora. > Cuando Madame Fosco y yo nos levantamos para abandonar la mesa, el conde se levantó también para acompañarnos de vuelta al salón. > —¿A dónde vas? —preguntó Sir Percival—. Me refiero a ti, Fosco. > —Me voy porque he comido suficiente y he bebido suficiente vino —respondió el conde—. Ten la bondad, Percival, de comprender mi costumbre extranjera de marcharme con las damas, así como de entrar con ellas. > —¡Tonterías! Otra copa de clarete no te hará daño. Siéntate otra vez como un inglés. Quiero hablar un cuarto de hora tranquilamente contigo sobre el vino. > —Una charla tranquila, Percival, de todo corazón, pero no ahora y no sobre el vino. Más tarde, si te parece... más tarde por la noche. > —¡Cortés! —dijo Sir Percival con fiereza—. ¡Comportamiento cortés, por mi vida, con un hombre en su propia casa! > Más de una vez le había visto mirar al conde con inquietud durante la hora de cenar, y había observado que el conde se abstenía cuidadosamente de mirarle a su vez. Esta circunstancia, unida a la ansiedad del anfitrión por una pequeña charla tranquila sobre el vino y a la terca negativa del invitado a sentarse de nuevo a la mesa, reavivó en mi
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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