posponerlo débilmente anoche, esta mañana me vi obligada a hablarle de la propuesta de Sir Percival sobre el viaje de bodas. > > En la absoluta convicción de que yo estaría con ella dondequiera que fuese, la pobre niña—pues todavía es una niña en muchas cosas—era casi feliz ante la perspectiva de ver las maravillas de Florencia, Roma y Nápoles. Casi se me parte el corazón al disipar su ilusión y enfrentarla a la dura verdad. Me vi obligada a decirle que ningún hombre tolora a un rival—ni siquiera a una mujer rival—en el afecto de su esposa al principio de su matrimonio, haga lo que haga después. Me vi obligada a advertirle que mi posibilidad de vivir con ella permanentemente bajo su propio techo dependía enteramente de que yo no despertara los celos y la desconfianza de Sir Percival al interponerme entre ellos al comienzo de su matrimonio, en la posición de depositaria elegida de los secretos más íntimos de su esposa. Gota a gota vertí la amargura profana de la sabiduría de este mundo en ese corazón puro y en esa mente inocente, mientras cada sentimiento elevado y noble dentro de mí se rebelaba ante mi miserable tarea. Ya ha pasado. Ha aprendido su dura, su inevitable lección. Las sencillas ilusiones de su infancia han desaparecido, y mi mano las ha arrancado. Mejor la mía que la suya—ese es todo mi consuelo—mejor la mía que la suya. > > Así pues, la primera propuesta es la propuesta aceptada. Irán a Italia, y yo debo arreglar, con el permiso de Sir Percival, el reunirme con ellos y hospedarme con ellos cuando regresen a Inglaterra. En otras palabras, tengo que pedir un favor personal, por primera
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La continuación de la historia por Marian Halcombe, en extractos de su diario
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