almorzar. —Y yo quiero hablar contigo cinco minutos, Percival, primero —replicó el conde—. Cinco minutos de charla, amigo mío, aquí sobre el césped. —¿Sobre qué? —Sobre un asunto que te concierne muy de cerca. Me detuve el tiempo suficiente al pasar por la puerta del vestíbulo para oír esta pregunta y respuesta, y para ver a Sir Percival meter las manos en los bolsillos con hosca vacilación. —Si quieres atosigarme con más de tus malditos escrúpulos —dijo—, yo, al menos, no voy a escucharlos. Quiero almorzar. —Sal aquí y háblame —repitió el conde, todavía totalmente inmune al discurso más grosero que su amigo pudiera dirigirle. Sir Percival bajó los escalones. El conde lo tomó del brazo y se lo llevó caminando suavemente. El «asunto», estaba segura, se refería a la cuestión de la firma. Estaban hablando de Laura y de mí, sin lugar a dudas. Me sentí desfallecer y con una angustia mortal. Podría ser de suma importancia para ambas saber lo que se estaban diciendo el uno al otro en ese momento, y ni una sola palabra de ello podía llegar por ningún motivo a mis oídos. Caminé por la casa, de habitación en habitación, con la carta del abogado en el pecho (por entonces temía incluso confiarla bajo llave), hasta que la opresión de mi suspense casi me vuelve loca. No había indicios de que Laura regresara y pensé en salir a buscarla. Pero mis fuerzas estaban tan agotadas por las pruebas y las zozobras de la mañana que el calor del día me abrumaba por completo y, tras un intento de llegar a la puerta, me
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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