mesa de dibujo que yo había usado tantas veces, con el pequeño álbum que yo había llenado para ella en tiempos pasados abierto bajo su mano.
—¿Qué diablos lo ha traído por aquí? —le pregunté—. ¿Lo sabe el señor Fairlie...?
Marian suspendió la pregunta en mis labios al decirme que el señor Fairlie había muerto. Le había dado un ataque de apoplejía y nunca se había recuperado del impacto. El señor Kyrle les había informado de su defunción y les había aconsejado que se dirigieran inmediatamente a Limmeridge House.
Una vaga percepción de un gran cambio amaneció en mi mente. Laura habló antes de que llegara a darme cuenta del todo. Se acercó sigilosamente a mí para disfrutar de la sorpresa que aún se reflejaba en mi rostro.
—Querido Walter —dijo—, ¿acaso tenemos realmente que dar cuentas de nuestra audacia al venir aquí? Me temo, amor mío, que solo puedo explicarlo quebrantando nuestra regla y haciendo referencia al pasado.