Knowlesbury, única hija del difunto Patrick Elster, Esq., anteriormente de Bath».
Anoté estos pormenores en mi cuaderno, sintiéndome al hacerlo tanto dudoso como descorazonado acerca de mis siguientes pasos. El Secreto que hasta este momento había creído tener al alcance de la mano parecía ahora más lejos de mi alcance que nunca.
¿Qué indicios de algún misterio sin resolver habían surgido de mi visita a la sacristía? No vi indicios en ninguna parte.
¿Qué progreso había hecho hacia el descubrimiento de la mancha sospechosa en la reputación de la madre de Sir Percival? El único hecho que había comprobado reivindicaba su reputación.
Nuevas dudas, nuevas dificultades, nuevos retrasos empezaron a abrirse ante mi vista en una perspectiva interminable. ¿Qué iba a hacer a continuación?
El único recurso inmediato que me quedaba parecía ser este. Podría iniciar averiguaciones sobre «la señorita Elster de Knowlesbury», con la posibilidad de avanzar hacia el objetivo principal de mi investigación descubriendo primero el secreto del desprecio de la señora Catherick por la madre de Sir Percival.
—¿Ha encontrado lo que buscaba, señor? —dijo el empleado, mientras yo cerraba el libro de registros.
—Sí —repliqué—, pero aún tengo algunas preguntas que hacer. Supongo que el clérigo que ofició aquí en el año de mil ochocientos tres ya no vive.
—No, no, señor, hacía tres o cuatro años que había muerto antes de que yo llegara aquí, y eso fue allá por el año veintisiete. Conseguí este puesto, señor —insistió mi locuaz y viejo amigo—, gracias a que el empleado que