Codal
nydus/The Woman in WhitePublic
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La continuación de la historia por Marian Halcombe, en extractos de su diario

motivos de queja…». «¡Pues mucho mejor!», exclamé con pasión. «¿A quién le importan sus motivos de queja? ¿Vas a destrozar tu corazón para tranquilizar su espíritu? Ningún hombre bajo el cielo merece semejantes sacrificios por nuestra parte, las mujeres. ¡Los hombres! Son los enemigos de nuestra inocencia y de nuestra paz; nos arrancan del amor de nuestros padres y de la amistad de nuestras hermanas; nos toman en cuerpo y alma para sí y atan nuestras vidas indefensas a las suyas como encadenan a un perro a su caseta. Y el mejor de ellos, ¿qué nos da a cambio? Déjame ir, Laura; ¡estoy loca cuando lo pienso!». Las lágrimas —lágrimas miserables, débiles, de mujer, de irritación y rabia— acudieron a mis ojos. Ella sonrió con tristeza y puso su pañuelo sobre mi rostro para ocultarme la muestra de mi propia debilidad: la debilidad que, de entre todas, sabía que yo más despreciaba. «¡Oh, Marian!», dijo. «¡Tú llorando! Piensa en lo que me dirías si los papeles estuvieran cambiados y si esas lágrimas fuesen mías. Todo tu amor, tu valor y tu devoción no van a alterar lo que ha de suceder, tarde o temprano. Deja que mi tío se salga con la suya. No tengamos más problemas ni disgustos que cualquier sacrificio mío pueda evitar. Proméreme que vivirás conmigo, Marian, cuando esté casada, y no digas más». Pero sí dije más. Reprimí las lágrimas despreciables que no me ofrecían ningún alivio y que solo la afligían a ella, y razoné y supliqué con la mayor calma posible. Fue inútil. Me hizo repetir dos veces la promesa de vivir con ella cuando estuviera casada, y de pronto me hizo una pregunta que desvió mi dolor y mi compasión por ella hacia una nueva dirección. «Mientras estábamos en Polesdean», dijo, «tuviste una carta, Marian…».

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