Sin duda me había visto entrar y salir, y se había apresurado a marchar en el primer tren para presentar su informe en Blackwater Park, lugar al que sir Percival se dirigiría naturalmente (sabiendo lo que evidentemente sabía de mis movimientos), a fin de estar presente en el sitio, si yo regresaba a Hampshire. Antes de que pasaran muchos días, parecía muy probable ahora que él y yo llegáramos a encontrarnos.
Sea cual fuere el resultado que los acontecimientos estuvieran destinados a producir, resolví seguir mi propio camino, directo hacia la meta prevista, sin detenerme ni desviar mi rumbo por causa de Sir Percival ni de nadie. La gran responsabilidad que había pesado pesadamente sobre mí en Londres —la responsabilidad de guiar mis más mínimas acciones de modo que impidiera que condujeran por accidente al descubrimiento del refugio de Laura— había desaparecido ahora que me encontraba en Hampshire. Podía ir y venir a mi antojo por Welmingham, y si por casualidad fallaba en observar alguna precaución necesaria, las consecuencias inmediatas, al menos, no afectarían a nadie más que a mí mismo.
Cuando salí de la estación, la tarde de invierno empezaba a venirse abajo.
Había pocas esperanzas de continuar mis pesquisas después del anochecer con algún propósito útil en un vecindario que me era desconocido.
En consecuencia, me dirigí al hotel más cercano y encargé mi cena y una habitación. Hecho esto, le escribí a Marian para decirle que estaba sano y salvo, y que tenía buenas perspectivas de éxito.
Le había indicado, al marchar de casa, que dirigiera la primera carta que me escribiera (la carta que esperaba recibir a la mañana siguiente) a «La oficina de correos, Welmingham», y ahora le rogué que enviara la carta del segundo día a la misma dirección.