cegadora, las gaviotas blancas que se perseguían muy a lo lejos parecían revolotear ante mi rostro, el murmullo armonioso de las olas en la playa resonaba en mis oídos como un trueno.
La puerta se abrió y Laura entró sola. Así había entrado en el comedor de Limmeridge House en la mañana en que nos despedimos. Lenta y titubeante, con dolor y vacilación, se había acercado a mí alguna vez.
Ahora venía con la prisa de la felicidad en sus pasos, con la luz de la felicidad radiante en su rostro. Por propia voluntad, aquellos queridos brazos se me cernieron al cuello; por propia voluntad, los dulces labios vinieron al encuentro de los míos.
«¡Querido mío! —susurró—, ¿podemos confesar que nos amamos ahora?».
Su cabeza se acurrucó con tierna complacencia en mi pecho. «¡Oh —dijo inocentemente—, por fin soy tan feliz!».
Diez días más tarde éramos aún más