pared frente a mí. La puerta de la casa estaba abierta y, al pasar por delante, vi al conde Fosco y a su mujer conversando de pie en los escalones de la entrada, con los rostros vueltos hacia mí. La condesa entró en el vestíbulo con cierta premura y preguntó si disponía de tiempo para cinco minutos de conversación privada. Sintiéndome un tanto sorprendida por semejante ruego de tan singular persona, introduje mi carta en el buzón y respondí que estaba enteramente a su disposición. Me tomó del brazo con desacostumbrada amabilidad y familiaridad y, en lugar de guiarme a una habitación vacía, me condujo hacia el cinturón de césped que rodeaba el gran estanque de los peces. Al rebasar al conde en los escalones, este hizo una reverencia, sonrió y entró de inmediato en la casa, empujando la puerta del vestíbulo tras de sí, aunque sin llegar a cerrarla del todo. La condesa me paseó con suavidad alrededor del estanque. Esperaba convertirme en depositaria de alguna confidencia extraordinaria, y me sorprendió descubrir que la confidencia de Madame Fosco para mis oídos no era otra cosa que una cortés muestra de simpatía hacia mí, tras lo acontecido en la biblioteca. Su marido le había contado todo lo sucedido y el modo insolente en que sir Percival se había dirigido a mí. Esta información la había consternado y afligido tanto, por mí y por Laura, que se había propuesto, si algo semejante volvía a repetirse, dejar constancia de su repulsa ante la escandalosa conducta de sir Percival abandonando la casa. El conde había aprobado su ocurrencia y ahora confiaba
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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