parte inferior de la ventana iluminada y el tejado de la galería. Cuando me atreví a mirar hacia la propia ventana, descubrí que solo estaba abierta la parte superior y que la cortina interior estaba bajada. Mientras miraba, vi la sombra de Madame Fosco cruzar el campo blanco de la cortina, para luego volver a pasar lentamente. Hasta ese momento no debió de haberme oído, pues de lo contrario la sombra sin duda se habría detenido ante la cortina, aun en el supuesto de que hubiera tenido el valor suficiente para abrir la ventana y asomarse. Me coloqué de lado contra la barandilla de la galería, tras cerciorarme al tocarlas de la posición de las macetas a uno y otro lado de mí. Había justo el espacio suficiente para sentarme entre ellas y nada más. Las hojas perfumadas de la planta situada a mi izquierda me rozaron apenas la mejilla al apoyar ligeramente la cabeza contra la barandilla. Los primeros sonidos que me llegaron desde abajo fueron provocados por la apertura o el cierre (muy probablemente esto último) de tres puertas consecutivas: las puertas que, sin duda, daban al vestíbulo y a las habitaciones de a ambos lados de la biblioteca que el conde se había comprometido a examinar. Lo primero que vi fue de nuevo la chispa roja avanzando hacia la noche desde debajo de la galería, alejándose hacia mi ventana, deteniéndose un instante y regresando luego al lugar de donde había partido. —¡Que el diablo te lleve la impaciencia! ¿Cuándo piensas sentarte? —gruñó la voz de Sir Percival bajo mí. —¡Uf! ¡Qué calor hace! —dijo el conde,
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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