y Fosco firmarán después, señorita Halcombe, frente a esas dos obleas. ¡Ven aquí, Fosco! Ser testigo de una firma no es cosa de empanarse mirando por la ventana y exhalando humo hacia las flores. El conde tiró su cigarrillo y se nos unió en la mesa, con las manos metidas descuidadamente en el ceñidor escarlata de su blusa y los ojos fijos con firmeza en el rostro de sir Percival. Laura, que estaba al otro lado de su marido con la pluma en la mano, lo miró también. Él se interpuso entre ambas sujetando el pergamino doblado con firmeza sobre la mesa, y lanzándome una rápida mirada a mí, que me sentaba enfrente, con una mezcla tan siniestra de suspicacia y desconcierto en el rostro que parecía más un reo ante el tribunal que un caballero en su propia casa. —Firma ahí —repitió, volviéndose de repente hacia Laura y señalando una vez más el lugar en el pergamino. —¿Qué es lo que he de firmar? —preguntó ella con calma. —No tengo tiempo para explicarlo —respondió—. El pescante está en la puerta y debo marcharme de inmediato. Además, si tuviera tiempo, no lo entenderías. Es un documento puramente formal, lleno de tecnicismos legales y toda esa clase de cosas. ¡Vamos, vamos! Firma con tu nombre y acabemos cuanto antes. —Debería saber con certeza lo que firmo, sir Percival, antes de estampar mi firma, ¿no? —¿Tonterías! ¿Qué tienen que ver las mujeres con los negocios? Te lo repito, no puedes entenderlo. —Al menos, déjeme intentar entenderlo. Cada vez que el señor Gilmore tenía algún asunto que encomendarme, me lo explicaba
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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