que pudo pensar en su dibujo y hablar de él, y practicarlo pacientemente por sí misma, con un débil reflejo del inocente placer en mi aliento, del creciente disfrute en su propio progreso, que pertenecían a la vida perdida y a la felicidad perdida de los días pasados.
La ayudamos a recuperar la razón lentamente por este sencillo medio: la sacábamos entre los dos a pasear los días buenos, por una vieja y tranquila plaza cercana, donde no había nada que la confundiera o la alarmara; destinamos unas pocas libras del fondo del banquero para comprarle vino y los alimentos delicados y reconstituyentes que necesitaba; la entretábamos por las noches con juegos de cartas infantiles, con álbumes de recortes llenos de grabados que pedí prestados al grabador que me empleaba. Mediante estas y otras atenciones insignificantes por el estilo, la calmamos y la estabilizamos, y lo esperábamos todo, con la mayor alegría posible, del tiempo, del cuidado y de un amor que jamás la descuidaba ni desesperaba de ella.
Pero sacarla sin piedad del aislamiento y el reposo; enfrentarla con extraños, o con conocidos que eran poco mejores que extraños; despertar las dolorosas impresiones de su pasado que con tanto cuidado habíamos acallado; esto, ni siquiera en su propio interés, nos atrevimos a hacerlo.
Independientemente de los sacrificios que costara, de los largos, fatigosos y desgarradores retrasos que implicara, la injusticia que se había cometido con ella, si los medios humanos podían combatirla, debía ser reparada sin su conocimiento y sin su ayuda.
Tomada esta resolución, era necesario a continuación decidir cómo se debía correr el primer riesgo y cuáles debían ser los primeros pasos.
Después de consultarlo con Marian, resolví empezar por reunir tantos datos como fuera posible; luego, pedir consejo al señor Kyrle (en quien sabíamos que podíamos confiar), y cerciorarme por él, en primer lugar, de si el recurso legal estaba razonablemente a nuestro alcance. Se lo debía a los intereses de Laura: no apostar todo su futuro a mis propios