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nydus/The Woman in WhitePublic
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La continuación de la historia por Marian Halcombe, en extractos de su diario

las banales convencionalidades que agobian a la gente en otros lugares. Le escribí a sir Percival para agradecerle su amable oferta y rogarle que ocupara sus antiguas habitaciones, exactamente

17.—Hoy ha llegado; me ha parecido un poco ajado y preocupado, pero seguía hablando y riendo como un hombre con el mejor ánimo posible. Trajo consigo unos regalos de joyería verdaderamente hermosos, que Laura recibió con su mejor gracia y, al menos exteriormente, con perfecta compostura. La única señal que logro percibir del esfuerzo que debe costarle guardar las apariencias en este momento tan difícil se manifiesta en una repentina renuencia por su parte a quedarse sola jamás. En vez de retirarse a su propia habitación, como de costumbre, parece aterrorizada de ir allí. Cuando subí hoy, después de almorzar, a ponerme el sombrero para dar un paseo, se ofreció a acompañarme, y de nuevo, antes de cenar, abrió de par en par la puerta entre nuestros dos cuartos para que pudiéramos hablarnos mientras nos vestíamos. «Haz que siempre esté haciendo algo —dijo—; manténme siempre en compañía de alguien. No me dejes pensar, eso es todo lo que pido ahora, Marian; no me dejes pensar». > > Este triste cambio en ella solo incrementa su atractivo para sir Percival. Él lo interpreta, ya lo veo, en su propio beneficio. Hay un rubor febril en sus mejillas, un brillo febril en sus ojos, que él saluda como el retorno de su belleza y la recuperación de su ánimo. Hoy habló en la cena con una alegría y un desenfado tan falsos, tan chocantemente ajenos a su carácter, que en secreto deseé hacerla callar y llevármela. El entusiasmo y la sorpresa de sir Percival parecían indescriptibles.

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