miraba atrás, no me prestaba ninguna atención aparente, ninguna atención aparente a nadie que se cruzara con él por su acera, salvo de vez en cuando, cuando sonreía y coqueteaba, con una paternal y fácil bonhomía, a las niñeras y a los niños con los que se cruza. De este modo me guio, hasta que llegamos a un conjunto de tiendas situadas más allá de las terrazas occidentales del Parque.
Aquí se detuvo ante una pastelería, entró (probablemente para hacer un encargo) y salió de nuevo inmediatamente con una tarta en la mano.
Un italiano estaba tocando un organillo ante la tienda, y un monito miserable y reseco estaba sentado sobre el instrumento. El Conde se detuvo, mordió un trozo de la tarta para sí y le entregó solemnemente el resto al mono.
«¡Mi pobre hombrecito! —dijo, con grotesca ternura—, tienes aspecto de tener hambre. ¡En el sagrado nombre de la humanidad, te ofrezco un almuerzo!».
El organillero reclamó lastimeramente su centavo al benévolo desconocido. El Conde se encogió de hombros con desdén y siguió su camino.
Llegamos a las calles y a las tiendas de mejor categoría situadas entre New Road y Oxford Street.
El Conde se detuvo de nuevo y entró en una pequeña óptica, con una inscripción en el escaparate que anunciaba que dentro se hacían reparaciones con esmero. Salió de nuevo con unos anteojos de teatro en la mano, caminó unos pasos y se detuvo a mirar un cartel de la ópera expuesto en el exterior de la tienda de un vendedor de música.
Leyó el cartel con atención, lo pensó un momento y luego llamó a un coche de alquiler vacío que pasaba por allí. —Taquilla de la ópera —le dijo al cochero, y se alejó.