escritura, la cual, en aras de debatir su entrevista con Anne Catherick, habíamos pasado por alto hasta entonces. Sus primeras palabras al verme expresaban su sorpresa por la ausencia de la esperada citación para comparecer ante Sir Percival en la biblioteca. —Puedes estar tranquila sobre ese asunto —le dije—. Por el momento, al menos, ni tu resolución ni la mía se verán expuestas a más pruebas. Sir Percival ha cambiado sus planes: el asunto de la firma queda pospuesto. —¿Pospuesto? —repitió Laura asombrada—. ¿Quién te lo ha dicho? —Mi autoridad es el conde Fosco. Creo que debemos a su intervención el repentino cambio de propósito de tu esposo. —Parece imposible, Marian. Si el objetivo de mi firma era, como suponemos, obtener un dinero que Sir Percival necesitaba urgentemente, ¿cómo puede posponerse el asunto? —Creo, Laura, que tenemos a mano los medios para disipar esa duda. ¿Has olvidado la conversación que oí entre Sir Percival y el abogado mientras cruzaban el vestíbulo? —No, pero no recuerdo... —Yo sí. Se propusieron dos alternativas. Una era conseguir tu firma en el pergamino. La otra era ganar tiempo entregando pagarés a tres meses. Este último recurso es evidentemente el que se ha adoptado ahora, y podemos esperar justamente librarnos por algún tiempo de nuestra parte en los apuros de Sir Percival. —¡Oh, Marian, suena demasiado bueno para ser verdad! —¿De verdad, mi amor? No hace mucho me felicitaste por mi buena memoria, pero ahora pareces dudar de ella. Traeré mi diario y verás si tengo razón o no. Me fui y traje el libro de inmediato. Al repasar la anotación referente a
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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