Dawson y Lady Glyde se encontraban ambos con la paciente en ese momento. El conde me hizo muchas preguntas sobre el tratamiento y los síntomas. Le comuniqué que el tratamiento era del tipo calificado como «salino» y que los síntomas, entre los ataques de fiebre, eran sin duda los de una debilidad y un agotamiento crecientes. Justo cuando le mencionaba estos últimos detalles, el señor Dawson salió del dormitorio.
—Buenos días, caballero —dijo su señoría, adelantándose de la manera más urbana y deteniendo al doctor con una hidalga resolución imposible de resistir—, me temo mucho que no encuentre ninguna mejoría en los síntomas hoy.
—Noto una marcada mejoría —respondió el señor Dawson.
—¿Todavía persiste en su tratamiento debilitante para este caso de fiebre? —continuó su señoría.
—Insisto en el tratamiento que está justificado por mi propia experiencia profesional —dijo el señor Dawson.