Una nota de mi esposa, que me entregó el criado, no hizo más que aumentar mi sorpresa al informarme de que se habían marchado a Limmeridge House. Marian había prohibido cualquier intento de explicación por escrito; se me suplicaba que las siguiera en cuanto volviera; una aclaración completa me aguardaba a mi llegada a Cumberland, y se me prohibía sentir la más mínima ansiedad mientras tanto. Ahí terminaba la nota. Aún era lo bastante temprano como para tomar el tren de la mañana. Llegué a Limmeridge House esa misma tarde.
Mi esposa y Marian estaban ambas arriba. Se habían instalado (para colmo de mi asombro) en el cuartito que alguna vez se me había asignado como estudio, cuando trabajaba en los dibujos del señor Fairlie. En la misma silla que yo solía ocupar cuando estaba trabajando se sentaba ahora Marian, con el niño chupando diligentemente su coral en su regazo, mientras Laura estaba de pie junto a la recordada