padre en tu habitación en lugar de en la mía—y guardaré aquí todos mis pequeños tesoros de Limmeridge— y pasaremos horas y horas todos los días con estas cuatro paredes amigas rodeándonos». Oh, Marian!—dijo, sentándose de repente en un escabel a mis rodillas y mirándome con fijeza a la cara—, prométeme que nunca te casarás y me dejarás. Es egoísta decirlo, pero estás mucho mejor siendo una mujer soltera—a no ser que—a no ser que estés muy encariñada con tu marido—, pero no estarás muy encariñada con nadie más que conmigo, ¿verdad? Se detuvo de nuevo, cruzó mis manos en mi regazo y apoyó su rostro en ellas. «¿Has estado escribiendo muchas cartas y recibiendo muchas cartas últimamente?—preguntó con voz baja y repentinamente alterada». Comprendí lo que significaba la pregunta, pero creí que era mi deber no animarla siguiéndole el juego. «¿Has tenido noticias de él?—prosiguió, halagándome para que le perdonara la apelación más directa a la que ahora se arriesgaba, mientras besaba mis manos, sobre las cuales aún descansaba su rostro—. ¿Está bien y feliz, y le va bien en su profesión? ¿Se ha recuperado y me ha olvidado ?» > > No debería haber hecho esas preguntas. Debería haber recordado su propia resolución, en la mañana en que Sir Percival la obligó a cumplir su compromiso matrimonial y cuando puso el libro de los dibujos de Hartright en mis manos para siempre. Pero, ¡ay de mí! ¿Dónde está la criatura humana sin tacha que pueda perseverar en una buena resolución sin flaquear ni caer de vez en cuando? ¿Dónde está la mujer que haya arrancado jamás
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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