grandeza que las parlanchinas francesas a mi alrededor levantaron las manos con admiración y exclamaron a coro y a gritos: «¡Ah, qué hombre tan hermoso!». La herida que lo había matado había sido infligida con un cuchillo o daga exactamente sobre el corazón. No aparecían otros rastros de violencia en el cuerpo, excepto en el brazo izquierdo, y allí, exactamente en el lugar donde yo había visto la marca en el brazo de Pesca, había dos cortes profundos con la forma de la letra T, que borraban por completo la marca de la Hermandad. Su ropa, colgada sobre él, demostraba que él mismo había sido consciente de su peligro: eran prendas que lo habían disfrazado de artesano francés. Durante unos momentos, pero no por más tiempo, me obligué a ver estas cosas a través de la mampara de cristal. No puedo escribir más al respecto, pues no vi nada más.
Los pocos datos relacionados con su muerte que averigué posteriormente (en parte por Pesca y en parte por otras fuentes), pueden exponerse aquí antes de que el asunto quede definitivamente cerrado en estas páginas.