mesa. —¿Debo hacerlo? —preguntó ella junto a mi oído—. Lo haré si me lo dices. —No —respondí—. La rectitud y la verdad están de tu parte; no firmes nada a menos que lo hayas leído antes. —¡Vuelve y firma! —reiteró él con su tono más alto y enfurecido. El conde, que había observado a Laura y a mí con atención estrecha y silenciosa, intervino por segunda vez. —¡Percival! —dijo—. Recuerdo que me encuentro en presencia de señoras. Ten la amabilidad, por favor, de recordarlo tú también. Sir Percival se volvió hacia él mudo de furia. La firme mano del conde apretó lentamente su presa sobre el hombro de este, y la voz pausada del conde repitió en voz baja: «Ten la amabilidad, por favor, de recordarlo tú también». Ambos se miraron. Sir Percival retiró despacio su hombro de debajo de la mano del conde, apartó con lentitud el rostro de los ojos del conde, miró con tozudez durante un momento el pergamino sobre la mesa y luego habló, con la sumisión hosca de un animal domesticado antes que con la digna resignación de un hombre convencido. —No quiero ofender a nadie —dijo—, pero la obstinación de mi esposa basta para poner a prueba la paciencia de un santo. Le he dicho que esto es meramente un documento formal, ¿y qué más puede desear? Podéis decir lo que os plazca, pero no forma parte de los deberes de una mujer desafiar a su marido. Una vez más, lady Glyde, y por última vez, ¿vas a firmar o no? Laura regresó a su lado de la mesa y tomó la pluma
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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