de cologne*, quizás pueda continuar.
Su señoría la condesa:
No. Puedo continuar, pero no sentarme. Me recostaré y dictaré. Louis tiene un acento horrible, ¡pero conoce el idioma y sabe escribir. Qué sumamente conveniente!
Su señoría, la condesa, explicó su inesperada aparición en la posada diciéndole a Fanny que había venido a traer uno o dos recados pequeños que la señorita Halcombe, en su prisa, había olvidado. La joven aguardó entonces con ansiedad para saber cuáles eran los recados, pero la condesa pareció poco dispuesta a mencionarlos (¡muy propio de la pesada manera de ser de mi hermana!) hasta que Fanny hubiera tomado el té.
Su señoría se mostró sorprendentemente amable y considerada al respecto (extremadamente ajeno a mi hermana), y dijo: «Estoy segura, pobre muchacha, de que debes de necesitar tu té. Podemos dejar los recados para después. Vamos, vamos, si ninguna otra cosa va a hacer que te sientas a gusto, te prepararé el té y me tomaré una taza contigo».
Creo que esas fueron las palabras, según el relato exaltado, en mi presencia, de la joven. En cualquier caso, la condesa insistió en preparar el té y llevó su ridícula ostentación de humildad hasta el extremo de tomarse una taza ella misma e insistir en que la muchacha se tomara la otra.
La muchacha se bebió el té y, según su propio testimonio, conmemoró tan extraordinaria ocasión cinco minutos después desmayándose por completo por primera vez en su vida. Aquí vuelvo a utilizar sus propias palabras. Louis cree que vinieron acompañadas de una mayor secreción de lágrimas. No sabría decir. Como el esfuerzo de escuchar ya era bastante para lo que podía soportar, tenía los ojos cerrados.