aseguro. El conde rió por dentro, en silencio, y dos de los ratones blancos dentro de su chaleco, alarmados por la convulsión interna que se producía bajo ellos, salieron a toda prisa y volvieron a meterse a duras penas en su jaula. —Las damas, mi buen Percival, me hablarán de la virtud —dijo—. Ellas son mejores autoridades que yo, porque saben lo que es la virtud y yo no. —¿Lo oyen? —dijo Sir Percival—. ¿No es espantoso? —Es la verdad —dijo el conde con tranquilidad—. Soy un ciudadano del mundo y he conocido, en mi tiempo, a tantas clases distintas de virtud que, en mi vejez, me confunde decir cuál es la clase correcta y cuál la equivocada. Aquí, en Inglaterra, hay una virtud. Y allí, en China, hay otra virtud. Y Juan el Inglés dice que mi virtud es la genuina. Y Juan el Chino dice que mi virtud es la genuina. Y yo digo que sí a uno, o que no al otro, y estoy tan desconcertado al respecto en el caso de Juan con las botas altas como en el caso de Juan con la coleta. ¡Ah, pequeño y simpático ratoncito! Ven, bésame. ¿Cuál es tu propia noción privada de un hombre virtuoso, mi pre-pre-precioso? Un hombre que te abrita y te da mucho de comer. Y es una buena noción también, pues resulta inteligible, al menos. —Espere un minuto, conde —interrupí—. Aceptando su ejemplo, seguramente tenemos en Inglaterra una virtud indiscutible de la que carecen en China. Las autoridades chinas matan a miles de personas inocentes con los pretextos más frívolos. Nosotros en Inglaterra
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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