podido contra la magnífica Marian misma. ¡Insidias odiosas ambas! Todos mis intereses estaban volcados (como se verá a continuación) en la preservación de la vida de Anne Catherick. Todas mis preocupaciones se concentraban en el rescate de Marian de las manos del imbécil diplomado que la atendía, y cuyos diagnósticos vieron mi consejo confirmado de principio a fin por el médico de Londres. En dos ocasiones únicamente —ambas igualmente inofensivas para la persona sobre la que practiqué— recurrí a la ayuda de mis conocimientos químicos. En la primera de las dos, tras seguir a Marian hasta la posada en Blackwater (estudiando, detrás de un cómodo carruaje que me ocultaba de su vista, la poesía del movimiento, tal como se encarnaba en su caminar), me valí de los servicios de mi invaluable esposa para copiar una e interceptar la otra de dos cartas que mi adorada enemiga le había confiado a una criada despedida. En este caso, al hallarse las cartas en el seno del vestido de la muchacha, Madame Fosco solo pudo abrirlas, leerlas, cumplir con sus instrucciones, sellarlas y volver a colocarlas mediante ayuda científica; ayuda que yo le proporcioné en un frasco de media onza. La segunda ocasión, en la que se emplearon los mismos medios, fue la ocasión (a la que me referiré pronto) de la llegada de lady Glyde a Londres. Jamás en ningún otro momento estuve en deuda con mi arte en detrimento de mi persona. Para cualquier otra emergencia o complicación, mi capacidad natural para lidiar, en solitario, con las circunstancias, estuvo invariablemente a la altura. Afirmo la inteligencia omnímoda de dicha capacidad. A expensas del Químico, reivindico al Hombre.
Respetá este arranque de generosa indignación. Me ha aliviado de manera inexpresible.
¡En ruta! Sigamos adelante.
Habiéndole sugerido a la señora Clement (o Clements, no estoy seguro de cuál) que el mejor método para mantener a Anne fuera del alcance de