vacilar que no entendía de nada y sugerí que tratáramos «la vieja ala» exactamente igual que habíamos tratado los dormitorios isabelinos. Una vez más, el ama de llaves dijo: «Opino exactamente igual que usted, señorita», y una vez más me miró con una admiración nada disimulada hacia mi extraordinario sentido común. Fuimos a continuación al ala de la derecha, que se construyó a modo de colofón para el maravilloso batiburrillo arquitectónico de Blackwater Park en la época de Jorge II. Esta es la parte habitable de la casa, que ha sido reparada y redecorada por dentro por causa de Laura. Mis dos habitaciones, junto con el resto de los buenos dormitorios, están en el primer piso; y la planta baja alberga un salón, un comedor, una salita, una biblioteca y un coqueto y pequeño gabinete para Laura, todo muy primorosamente adornado al estilo moderno y luminoso, y elegantemente amueblado con las más deliciosas comodidades de hoy en día. Ninguna de las estancias es ni de lejos tan grande y luminosa como las de Limmeridge, pero todas parecen agradables para vivir en ellas. Por lo que había oído de Blackwater Park, me aterraba la idea de tropezar con pesadas sillas antiguas, lúgubres vidrieras, cortinajes rancios y mohosos, y todo ese bárbaro trasterío que la gente nacida sin sentido del confort acumula a su alrededor, desatendiendo la comodidad de sus amigos. Es un alivio indescriptible comprobar que el siglo XIX ha invadido este extraño y futuro hogar mío y ha barrido los sucios «viejos buenos tiempos» de nuestro día a día. Pasé la mañana holgazaneando: un rato en las habitaciones
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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