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nydus/The Woman in WhitePublic
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I. Blackwater Park, Hampshire.

treinta y siete años), siempre andaba diciendo tonterías pretenciosas y amargando a los desgraciados hombres con cada pequeña exigencia que una mujer vana e insensata puede imponer a la sufrida humanidad masculina. Como Madame Fosco (de cuarenta y tres años), se sienta horas enteras sin decir una sola palabra, replegada de la forma más extraña en sí misma. Los horriblemente ridículos rizos postizos que solían colgar a ambos lados de su cara han sido reemplazados ahora por rígidas hileras de rizos muy cortos, de los que se ven en las pelucas a la antigua usanza. Una toca sobria y maternal le cubre la cabeza y hace que parezca, por primera vez en su vida desde que la recuerdo, una mujer decente. Nadie (dejando a su marido a un lado, por supuesto) ve ya en ella lo que todo el mundo vio una vez⁠—me refiero a la estructura del esqueleto femenino en la región superior de las clavículas y los omóplatos. Ataviada con sencillos vestidos negros o grises, abrochados hasta la garganta⁠—vestidos de los que se habría reído o ante los que habría gritado según el capricho del momento en sus días de soltera⁠—, se sienta muda en los rincones; sus secas manos blancas (tan secas que los poros de su piel parecen de tiza) ocupadas incesantemente ya sea en un monótono trabajo de bordado, ya sea en liar interminables cigarrillos para el uso particular del conde. En las raras ocasiones en que sus fríos ojos azules se apartan de su labor, suelen volverse hacia su marido con la mirada de muda y sumisa indagación que todos conocemos en

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