En esta emergencia, se me ocurrió naturalmente que un compatriota suyo, en quien pudiera confiar, tal vez fuera la persona más idónea para ayudarme. El primer hombre en quien pensé en tales circunstancias era también el único italiano con quien mantenía un trato íntimo: mi estrafalario y pequeño amigo, el profesor Pesca.
El profesor ha estado ausente de estas páginas durante tanto tiempo que corre el riesgo de ser olvidado por completo.
Es ley necesaria de una historia como la mía que las personas que en ella intervienen solo aparezcan cuando el curso de los acontecimientos las convoca; entran y salen no por favor de mi parcialidad personal, sino por derecho de su conexión directa con las circunstancias que han de detallarse. Por esta razón, no solo Pesca, sino también mi madre y mi hermana, han quedado muy en un segundo plano en la narración. Mis visitas a la casita de Hampstead, la convicción de mi madre respecto a la negación de la identidad de Laura que la conspiración había logrado, mis vanos esfuerzos por superar el prejuicio de su parte y de la de mi hermana al cual, en su celoso afecto hacia mí, ambas continuaron aferradas, la dolorosa necesidad que ese prejuicio me impuso de ocultarles mi matrimonio hasta que aprendieran a hacerle justicia a mi esposa—todos estos pequeños sucesos domésticos han quedado sin registrar porque no eran esenciales para el interés principal de la historia. Poco importa que hayan aumentado mis inquietudes y amargado mis desengaños; la marcha firme de los acontecimientos los ha pasado inexorablemente por alto.
Por la misma razón no he dicho nada aquí de la consolación que hallé en el afecto fraternal de Pesca hacia mí, cuando le volví a ver tras la interrupción repentina de mi estancia en Limmeridge House. No he dejado constancia de la fidelidad con que mi bondadoso y efusivo amigo me siguió hasta el lugar de embarque cuando partí hacia América