Yo esperaba fervientemente que esta indirecta notablemente directa lo desequilibrara, lo confundiera, lo redujera a unas corteses disculpas; en resumen, lo sacara de la habitación.
Al contrario, solo hizo que se acomodara mejor en su silla. Se puso aún más solemne, digno y confidencial.
Levantó dos de sus horribles dedos y me dirigió otra de sus miradas desagradablemente penetrantes.
¿Qué iba a hacer? No tenía fuerzas para pelearme con él.
Imagínense mi situación, por favor. ¿Es el lenguaje adecuado para describirla? Creo que no.
—El objeto de mi visita —prosiguió, con absoluta impertinencia—, se puede contar con los dedos de la mano. Son dos. Primero, vengo a dejar constancia, con profundo dolor, de los lamentables desacuerdos entre sir Percival y lady Glyde. Soy el amigo más antiguo de sir Percival; estoy emparentado con lady Glyde por matrimonio; soy testigo presencial de todo lo que ha sucedido en Blackwater Park. En esas tres calidades hablo con autoridad, con confianza, con honorable pesar. Señor, le informo, como cabeza de la familia de lady Glyde, que la señorita Halcombe no ha exagerado nada en la carta que escribió a su dirección. Afirmo que el remedio que esa admirable dama ha propuesto es el único remedio que le ahorrará los horrores de un escándalo público. Una separación temporal entre marido y mujer es la única solución pacífica para esta dificultad. Sepárenlos por el momento, y cuando se