la jaula sobre la mesa y se detuvo un momento a contar los ratones que había dentro. —Uno, dos, tres, cuatro... ¡Ah! —exclamó con cara de horror—, ¿dónde, en nombre del cielo, está el quinto... el más joven, el más blanco, el más amable de todos... mi benjamín de los ratones! Ni Laura ni yo estábamos en disposición favorable de divertirnos. El cínico y fluido cinismo del conde había revelado una nueva faceta de su naturaleza ante la cual ambas retrocedimos. Pero era imposible resistirse al cómico desconsuelo de un hombre tan grandísimo por la pérdida de un ratón tan pequeñísimo. Reímos a pesar nuestro; y cuando Madame Fosco se levantó para dar el ejemplo de dejar el cobertizo vacío, de modo que su marido pudiera registrarlo hasta en sus rincones más recónditos, nosotras nos levantamos también para seguirla afuera. Antes de que hubiéramos dado tres pasos, la aguda mirada del conde descubrió al ratón perdido bajo el banco que habíamos estado ocupando. Apartó el banco, cogió al animalito con la mano y de repente se detuvo, de rodillas, mirando fijamente un lugar determinado en el suelo justo debajo de él. Cuando volvió a ponerse en pie, su mano temblaba de tal modo que apenas pudo devolver el ratón a la jaula, y su rostro presentaba un tono pálido y cetrino en su totalidad. —¡Percival! —dijo en un susurro—. ¡Percival! Ven aquí. Sir Percival no había prestado atención a ninguna de nosotras en los últimos diez minutos. Había estado completamente absorto dibujando cifras en la arena y borrándolas después con la punta de su bastón. —¿Qué pasa ahora?
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I. Blackwater Park, Hampshire.
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